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ISSN 1989-4163

NUMERO 81 - MARZO 2017

Checoeslobalkania IX: Mi Gato Autícko, Bohumil Hrabal

Luis Arturo Hernández

                                 AUTÍCKO DE FE DEL AUTOR
         (Mi gato Autícko, de Bohumil Hrabal. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016.)

   «Descontento tras su comportamiento [tras negarse en 1983 a que su obra se edite clandestinamente], Hrabal huye al bosque y de sus dos gatos. Se ve obligado a sacrificar varios de ellos porque su pequeña casa en el bosque se está transformando en un zoo. Luego sufre, los remordimientos no le abandonan nunca y no le dejan hacer nada; vende su Renault 5 y se compra un Ford Escort 1.3 marrón oscuro, porque aquél era el coche que más le recordaba los vehículos funerarios. Le persiguen fantasmas terribles, día y noche le asustan visiones monstruosas como la de la pintura Pesadilla de Füssli. Y entonces llega un día en el que su coche “funerario” tiene un accidente con un gran camión y una furgoneta, se queda patas arriba y hecho pedazos, Hrabal y su mujer tienen una suerte extraordinaria y salen casi ilesos, sólo con unas costillas rotas. Y así surgió “Autícko”, una narración larga, triste y desconsolada, donde describe detalladamente primero la muerte de los gatos y a continuación su accidente, que ve como un justo castigo tras el crimen cometido.»
                  Monika Zgustová, Los frutos amargos del jardín de las delicias (1997, p. 268)

                  POR UN GATO QUE MATÉ ME LLAMAN MAZAGATOS
   En un momento álgido de la polémica entre animalistas y especistas en España —ya que “Según la mayoría de los habitantes de los países desarrollados se han ido alejando de la simbiosis campesina con los animales, ha ido creciendo la idealización de éstos y la compasión por su suerte”, como explica Savater en Tauroética (2011, p. 45)—, llega a la librería esta pequeña gran obra maestra de 1986 del escritor checo Bohumil Hrabal, en la que aborda, por medio de su relación con los gatos domésticos, el sentido de culpa por la muerte de un ser vivo—“mi sensación de culpa aumentaba porque me reprochaba haber comparado la vida y la muerte de un gato con la de una persona” (p. 55)—.
   Se trata de un fábula moral en la que el autor se debate entre la necesidad de intervenir en la cadena trófica de su particular ecosistema y el sentimiento de culpa que le produce ser un matagatos, como puesta en abismo de la disyuntiva de la especie humana—matar o morir—, proyectada sobre la barbarie nazi, como forma de violencia por antonomasia y de la que se excluye, claro, cualquier alusión al comunismo que lo tiene desterrado en las afueras de Praga—“por los remordimientos de los que no podía deshacerme debido a haber asesinado a dos gatas embarazadas, del mismo modo que, en mi país, colgamos a la fuerza a la señora Milada Horáková, también embarazada, sólo por y tener unas ideas que no sentaban bien a nuestros dirigentes políticos de los años cincuenta” (p. 81)—.

                   JUGAR AL GATO Y EL RATÓN

      «Esto me recuerda al grotesco relato que le hizo al Sr. Langton del estado lamentable de un joven de buena familia. “Señor, lo último que he sabido de él es que andaba por la ciudad matando gatos a tiros”. Y entonces, en una especie de dulce fantaseo, pensó en su gato favorito y dijo: “Pero a Hodge no lo matarán, a Hodge no lo matarán”.»
                    James Boswell, Vida de Samuel Johnson

   Y la persecución por parte del régimen la describe en sus propias palabras su biógrafa y traductora M. Zgustová: “Un día por la tarde, en Belvedere, los hombres duros que me vigilaban, sobre todo aquel rubio, me recomendaron, y sabían por adelantado que yo haría lo que me exigieran, que escribiera una carta no sólo a Vaculík, sino también al hermano de Václav Havel, diciendo que no quería que se publicaran o mecanografiaran mis textos en sus editoriales de samizdat…” (Los frutos, p. 267). Hrabal vive en Kersko y Praga —“Yo seguía con mucho miedo no sólo en Praga, sino incluso en Kersko” (Los frutos, p. 267)—, dedicado a escribir y a cuidar gatos —“y es que yo nunca me tomaba el tiempo para limpiar las páginas escritas para que quedaran estilísticamente puras, tenía mucha prisa porque lo que quería hacer era dedicarme a los gatos” (p. 11)— , y con el corazón partido entre el malthusiano control de la natalidad de cada camada —“tendría que hacer ese trabajo de verdugo como lo había hecho antes, cuando era joven y vivía en Nimburk, donde nadie quería ahogar a los gatitos, de forma que me tocaba a mí hacerlo, a mí que, desde siempre, adoraba a los gatos” (p. 22) — y su fantaseo suicida —“Me lo había dejado la profetisa Marenka, que un día vino al bosque a buscar setas y me predijo no sólo que me convertiría en escritor sino que un día llegaría a un punto en que me colgaría en el sauce llorón cerca del arroyo” (p. 27)—. Profecía auto-cumplida cuando se precipitó en 1997 desde la ventana del 5º piso del hospital Bulovka en Praga.

                  ¿GATOMAQUIA O GATUPERIO?
   Con su característico ¿gatuperio? de prosa de taberna —“tampoco me perdonaron que me gustara la cerveza” (p. 67)—, en esta “balada” —como la calificó él mismo— cuyo estribillo es la cantilena de su mujer “¿Qué haremos con tantos gatos?”, el autor checo relata las riñas de gatos —“ya no podía escribir ni una línea porque a mi alrededor se arañaban los mismos gatos que antes se habían querido con locura” (p. 66)—, aquellas
¿gatomaquias? en su retiro del bosque de Kersko, en un juego, propio de la estética de lo grotesco, que invierte las relaciones entre el reino animal y el mundo del ser humano, sublimando por medio de la personificación y los monólogos a sus gatos y degradando los comportamientos tan deshumanizadores de su propia especie —“porque los gatitos me hicieron pensar en las fosas comunes de los nazis…” (p. 35)—, en una tan emotiva y risible carnavalización —“[…] esto, el hecho de reír a mandíbula batiente, la gente no me lo perdonaba nunca, y no me perdonaron ni el hecho de tener buena salud y estar de buen humor” (p. 67)—, que se aparta del grotesco de Mijail Bajtin sólo en la regulación de la Utopía de la abundancia, en su crecimiento exponencial de 5 a la 5 —“Y es que el señor Steiner hizo lo mismo que yo, sufría tanto por la vida futura de sus hijos que los mató como yo a los gatitos y a la gata abandonada una tarde de invierno” (p. 41)—.   

                HOLOCAUSTO o CADENA CATASTRÓFICA
   Y es en este bestiario, en el zoo doméstico de los Hrabal, donde las relaciones tróficas entre las distintas especies en las cuales se proyecta el autor —“el conejito(1) indefenso que murió de terror” (p. 72); “los cisnes(2) preciosos que habían llegado a Praga volando desde tierras muy lejanas” (p. 77), como “aquellos vietnamitas, bajitos y melenudos, que habían llegado a Praga en avión desde sus tierras lejanas” (p. 76); el holocausto de “aquellas pobres vacas(3)” con “aquellos ojos desoladores, patéticos” que “los camiones conducían al matadero” (p. 77); o “la hecatombe de pajaritos(4) cantores” (p. 90)—, van encadenándose hasta resultar—Hipólito G. Navarro dixitcatastróficas para  plantear el autor su dilema ético —“y por eso ahora sufría la mala conciencia y la sensación de una culpa escalofriante por el crimen cometido contra los gatos” (p. 54)—, en medio de la moral social de la tribu —“Y me imaginaba que aquellos mismos remordimientos los debían de sufrir todos aquellos que había participado en las guerras, todos aquellos que habían sacado a millones de personas de sus casas y de sus campos y paisajes” (p. 54).

              AUTÍCKO DE FE o LA CONDICIÓN ANIMAL

      “[…] Y entonces yo presentaba una denuncia contra mí mismo, yo mismo describía mi propia culpa, la cual Renda no me había perdonado nunca, y poco a poco iba dándome cuenta de que ni yo mismo era capaz de perdonarme…”
                      Bohumil Hrabal, Mi gato Autícko (p. 50)

      “Señor Hrabal, los griegos y otros pueblos de la antigüedad sabían que matar una vaca era un crimen, por eso compartían la culpa con los dioses, sacrificaban esas bellas criaturas a los dioses y compartían la culpa por el derramamiento de sangre con los dioses, mientras que nosotros asesinamos a las pobres bestias en los mataderos…”
                      Bohumil Hrabal, Mi gato Autícko (p. 94)

 

   Y el relato sobre ese tabú de la “condición animal” —Valeria Correa Fiz dixit—, que prioriza la muerte por delante del sexo o la escatología, se centra en el asesinato de la gata que da título al relato —“Maté a Autícko a golpes de saco contra el tronco del pino y, por si las moscas, incluso le endosé unos golpes con la parte no afilada del hacha, para romperle y des/menuzarle la cabeza” (pp. 72-73)—, bautizada así por su parecido con el tapizado pelirrojo del automóvil del autor —“Para cambiar de ideas, vendí mi Autícko [‘cochecito’] alegre y me compré un Ford Sscort 13 de color marrón” (p. 80)—, guiándose por el fatalismo grotesco de un deus ex machina —y nunca mejor dicho—, “positivo y adverso a la vez” —“yo tuve la sensación de que la mano que escribía mi destino no era mía” (p. 86)—, viniera de la filosofía oriental de Lao-Tse por la que se interesa Hrabal durante esos años —“y es que todo surge del no-ser y todo nace de su contrario” (p. 98)— o, lisa y llana, biológicamente, del azar y la necesidad.
  
¿CRIMEN Y CASTIGO o AUTÍCKO SACRAMENTAL

      “[…] me veía a la mente la idea de que no se puede matar a un gato y menos todavía a una persona y no se puede echar a una persona pero tampoco a un gato, y que quien la hace la paga, sí, seguro que lo acabará pagando…”
                    Bohumil Hrabal, Mi gato Autícko (p. 55)

      “[…] era perfectamente consciente de ser culpable de un crimen parecido al de Raskolnikov, que había matado a una anciana para poner en práctica la idea de matar impunemente.”
                       Bohumil Hrabal, Mi gato Autícko (p. 72)

   Y será precisamente en el accidente con su nuevo automóvil, donde Hrabal quiera ver la redención de su “pecado”, la culpa que busca el castigo —tal como Kundera postula para Dostoievski, vs. castigo que busca la culpa, en Kafka— por la pasión y muerte de Autícko, el auto sacramental de exaltación del sacrificio del inocente, el acto de justicia poética, en definitiva  —ya que de vida transubstanciada en literatura se trata—, por el crimen de mi gato Autícko en el accidente de auto/móvil del autor —“[…] sabía que me había llegado una intervención exterior, una salvación en forma de accidente […], sabía que ahora, por fin, se había aplacado la ira del cielo, de mi cielo que me acababa de  castigar” (p. 102)—, arrollado —y lo pillan de marrón, en una triste ironía del destino: quien a hierro mata, ¿a hierro muere?— por la furgoneta —brazo ejecutor de la justicia — de un tal Máchal, quien —¿coincidencia significativa?— había comprado la casa de Marysko en Nymburk —“en esa misma casa donde nos emborrachábamos [¿hasta salir a gatas?] por nuestra gran fortuna de haber descubierto el surrealismo y celebrábamos todos aquellos curiosos encuentros que nos unían no sólo con los surrealistas sino también a nosotros, a Marysko y  a mí, y ahora, además, al señor Máchal” (p. 105)—, en una surrealista casualidad petrificante.  
   Carpetazo (de confesiones) al auto de procesamiento del autor. Aplicación del tercer grado (penitenciario). Puesta en libertad sin cargos (de conciencia), ni más cargas que las del siniestro total, tras “aquel accidente que acababa de borrar mi culpa y todos los antecedentes penales. Es que no se puede matar a nadie impunemente; ni siquiera a una gata” (p. 106). Y “¿Qué haré con tantos gatos?” vuelve a cerrar, en círculo, el estribillo.  

                                     NÓTULAS


(1)  “Yo me sentía como aquel conejito, porque a mí también muchas veces en la vida me habían juzgado por cosas que no había hecho” (p. 67).

(2)“[…] cada uno de los cisnes era un cinturón salvavidas para mi alma torturada, miles de cinturones salvavidas representaban los cisnes […]” (pp. 76-77).

(3)“[…] aquella expresión de los ojos vacunos me trasladaba a los ojos de mis gatas muertas, que yo tuve que matar, no me hagáis decir por qué tuve que matarlas” (p. 77).

(4)“Y pensaba que, efectivamente, cuando liquidaba a mis gatos y gatitos, ayudaba a que no se mataran tantos pajaritos pequeños en los nidos y pájaros en las ramas […]” (p. 90). 

Mi gato auticko

 

 

 

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